Después de la última línea del Corredor Cultural, empecé a notar cuál iba a ser la ruta del verano. No me iba a conformar con una semana santa, entonces emprendí el Viaje de los Cinco Meses.
Lo primero que hice fue comprar un boleto de un bus, el Velocipán, para ir a Belice. Entre todo eso, empecé a notar que los precios iban creciendo pues se avecinaba un alza fuerte al combustible. De cualquier manera, me senté en el bus al lado de una señora de apellido Ramírez, que iba a Belice por cuestiones de negocio.
-¿Y usted, a qué va?
-Me pregunto yo lo mismo, -le contesté.
-Pues yo, a Belice me llevan una mercadería de México. Me queda mejor que ir a Tapachula porque paso visitando a unos familiares que tengo en Barrios.
-Qué bien. Yo voy porque tengo que emprender el Viaje de los Cinco Meses. Es el viaje que tengo que hacer hasta julio.
-¿Negocios?
-No, placer.
El viaje era largo, bastante largo. Aburrido, más que aburrido. Era monótono. Aunque los paisajes de nuestro país son nada menos que aburridos, después de 10 horas de ir en un bus cada montaña se ve igual que la otra. Es más, me pregunté en varias ocasiones si en verdad el bus estaba moviéndose en círculos.
No llevaba mucho para el viaje de los Cinco Meses. Sabía cuánto duraría el viaje, su título lo indica. Pero era el único detalle que habría yo de saber. Empaqué como que iba cinco días, sin saber que la ropa la tendría que usar 30 veces cada una. Gracias a Dios llevaba la Prensa Libre del día, porque me puse a hacer crucigramas.
-Veo que le gustan las adivinanzas.
Era otra vez la Sra. Ramirez. Cuando le veía la cara, me recordaba a alguien que ya había muerto. Su olor era de perfume de la Litía. Ella tenía, según yo, unos cuarenta y cinco años. Su pelo medio canoso lo confirmaba, y aparte, el hecho de que tenía una hija de 22 años.
-22, ¡igual que yo!
-Ah vaya, qué bueno.- Dijo la Sra. Ramirez, que luego me delataría su nombre de tres letras que empieza y termina con la misma vocal (perdón, pero mi cabeza estaba completamente en el crucigrama). -Mire, si no tiene donde pasar la noche, estos familiares alquilan cuartos en su casa. Le dejo la dirección.-
Estuve a punto de sonarme con la servilleta que la Sra. Ramirez había usado para escribir. Pero mejor la guardé de recuerdo.
- - - -
Pasó el primer mes y ya llevaba mucho tiempo en Belmopán. Había un restaurante donde, la primera noche que pasé, advertí un letrero: "young man needed for kitchen". Sin pensarlo dos veces, entré al restaurante a pedir trabajo, donde conocí a un tal Joe. Me iban a pagar un cuarto de lo que había yo ya ganado vendiendo café de importación aquellas vacaciones. Está bien, pensé. Al menos en aquel país las cosas estaban más baratas.
Cinco noches pasaron para que me diera cuenta de que aquel restaurante era una fachada de Joe, el narcotraficante. Perdonen mi ignorancia, pero la quinta noche fue necesaria pues fue allí donde escuché una conversación que no tenía ni por qué darse en mi presencia.
-¿Frijoles y arroz?
-Yeah, lot of rice. Y échale picante.
Llevaba cinco noches de venir a comer su rais&bins. Nunca supe el nombre, así que lo llamaré Rais&bins. Era simpático, de unos 35 años, se movía el bigote de forma circular. Pero, la quinta noche me confirmó que era el socio de Joe y que la mercadería la iba a meter en la refrigeradora. Yo, como hombre de cocina que era en aquel lugar, fui a supervisar los alimentos cuando, para mi sorpresa, la mercadería en aquel refrigerador no era harina sino algo parecido pero mejor cotizado. Tardé cinco noches en darme cuenta. Fueron otras dos para que le hablara a Joe.
-No soy tonto, aunque muchas veces lo parezca. Si ya estoy involucrado en esta fachada, quiero un aumento. Me pagan más en un callcenter de mi país y eso es legal.-
Tres noches después, Joe prometió darme el 2% de ventas de mercaderías refrigeradas. No objeté. Me despedí de Rais&bins, me recordaron mi confidencialidad a cambio de seguir respirando y seguí mi paso a mi apartamento gris.
- - - -
No pasó nada interesante hasta el tercer mes. En los apartamentos donde residí, al lado del mío vivía una prostituta que se hacía llamar Scarlet. No era taaaan fea. Tenía una hija en Chiapas y venía a trabajar a este lugar pues aparentemente le pagaban más. No le hablé hasta el tercer mes, cuando fumándome un cigarro en el balcón comunal se acercó y me pidió la hora. -9.45, algo tarde ya. -Para usté. A esta hora empiezo a trabajar.- Allí me di cuenta de su profesión, como un currículum elaborado y entregado en menos de diez segundos.
Desde ese día, a esa hora me salía a fumar un cigarro y a platicar con Scarlet de cualquier cosa. Ella, aparentemente recatada en su lenguaje, contaba que antes de ser puta fue secretaria. Una cosa llevó a la otra. De pizar teclados, decía ella, pasó a que le pizaran las teclas. -¿Y de dónde viene? -Scarlet, ya le había contado que yo vengo de Guate-. -¿Es chapín? -Sí. Ya voy por más de la mitad del viaje para reg... -¡Ah Puta!- Exclamó la puta de una forma bastante exagerada. -Yo ya estuve en Guate, trabajando.-
No podía creerlo. Scarlet había estado trabajando en el Club Francés, un conocido table show cerca de las calles peatonales de la zona 4.
-A ministros, a alcaldes, a Colom, a todos los conocí. Unos llegaron, y otros aquí se acostaron.-
Vaya, Scarlet sabía hasta arrimar... digo, rimar.
- - - -
Ya para cuando quería regresar, pues ya era el cuarto mes, no pude. El Diario de Belmopán confirmaba mis sospechas: Paro de transporte por Alza de precios Exagerada en la Gasolina.
¡Mierda! ¿ahora hasta cuando?, pensé bastante preocupado, por mis cursos de interciclo. -No te preocupes. En una semana se agiliza todo.- Me dijo Scarlet. -Puta, mirá esa noticia de abajo- me dijo después de seguir hojeando el Diario de Belmopán, con su Chiapas en el tono. -Mirá, mataron a Juan Estévez, ¡del restaurante! -Mierda. Ya no voy a poder cobrar mi último sueldo.
Juan Estévez, Joe, era el infame dueño del restaurante donde había trabajado por varias lunas. Su socio, el bigotudo Rais&bins lo había mandado a matar por un incumplimiento de pago del tal Joe.
-Ah ni vergas, yo mejor me voy de acá. No vaya a ser que ahora me anden buscando a mí.
-Andate- me aconsejó Scarlet. -Andate ya.
- - - -
Antes de que pudiera morir, o mejor dicho, que el Rais&bins me mandara a matar, decidí partir. Me despedí del pueblo, de Scarlet y sin querer de un cliente (estaba ocupada justamente).
Le pedí a un lanchero que me llevara a lo más cerca de Barrios que pudiera. Aunque inicialmente se negó, le dije que Scarlet le daría un "masaje personal" al regresar, como parte del pago. Nunca había visto a un lanchero tan feliz.
No esperé a que la noticia de que yo había trabajado allí y que había cobrado regalías en las ventas ilegales se esparciera; ya estaba yo en Barrios. Empecé a buscar la servilleta, debía estar allí, desde hace casi cinco meses al fondo del bolsillo del pantalón café. La saqué y di gracias a Dios por no haberme sonado en ella. Me dirigí a la cuarta calle, como me había referido Ana Ramírez.
Estando allí pregunté por ella. ¡Vaya sorpresa! Había un cuarto para que pasara la noche. De cenar, me dieron un caldo de frijoles. Me vieron un poco nervioso. No sabían que Rais&bins y talvez la policía andaba atrás de mí.
Al día siguiente, agarré un bus que me trajo cerca de la ciudad. Con otros dos aventones, llegué a mi casa. Y heme aquí, de regreso, en un viaje que duró cinco meses.
- - - -
Nunca sabré más nada de qué pasó con Rais&bins, con el esclarecimiento del asesinato de Jo, con la suerte de Scarlet o si el lanchero efectivamente cobró su parte. Me tomé un café bien cargado, me prometí dejar eso atrás y, sin pensarlo más, terminé mi Viaje de los Cinco Meses.